Curiosa nostalgia musical

¿Es la música la mejor forma de rememorar un tiempo/momento concreto? Creo que no la música, sino los recuerdos que se asocian a ella cuando la escuchamos son lo que queda. Por lo que es, más bien, al revés.  Decimos “eso era lo que yo escuchaba cuando estaba de vacaciones con mi familia” o “no puedo escuchar tal o cual disco porque me recuerda cuando lo pasé tan mal”. Me parece que la emociones que asociamos a la música son bastante más duraderas y vividas que la música en sí. Si una canción nos emocionan realmente, es porque hemos asociado una emoción a ella, un estado de ánimo concreto. ¿Alguien recuerda lo que escuchaba de pachangueo en las fiestas de su pueblo de hace diez años? Más bien, no. Porque en ese momento se “vive” lo que se está oyendo, más que asimiliarlo y adjuntar una emoción o recuerdo.

Me tiene fascinado el último disco de The Caretaker (James Kirby), An Empty Bliss Beyond This World. Este productor afincado en Berlín de música experimental y ambiental ha intentado recrear el sentimiento de nostalgia y rememoración que sentimos al escuchar música antigua (sobre todo de los años 20′ y 30′ de pasado siglo) mediante el loop y el sample de discos raros, pinchados en vinilo para conservar su sonido original. Se ha inspirado para este trabajo en recientes investigaciones sobre el la enfermedad del Alzheimer. Tras una serie de experimentos, se ha llegado a la conclusión de que los que padecen esta enfermedad son capaces de recordar con una sorprendente facilidad los recuerdos que han asociado a una canción o música concreta (por ejemplo, la canción que sonó en una boda hace recordar detalles que le serían de otro modo imposibles de recordar) Por lo que, incluso se ha avalado su uso terapéutico. Quizá sea el momento de desempolvar los viejos discos de nuestros abuel@s para ver qué podemos aprender…

Jacobo.

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El miedo a la hoja en blanco

Hoy día uno de diciembre se cumple un año de mi beca de doctorado y se imponía hacer un repaso de mi actividad académica durante este tiempo. Han sido unos diez minutos terribles. Mi mente ha proyectado mi vida de este año como si de un capítulo de Oliver y Benji se tratara, es decir los mismos cuatro fotogramas resumen mi trayectoria: mi imagen leyendo en el despacho, mi imagen leyendo en la biblioteca, mi imagen durmiendo en el despacho, mi imagen perdiendo el tiempo en el ordenador. Y voilà, ahí tenéis mi año de beca….. y claro, con esta perspectiva me he puesto un poco derrotista… ¿cómo puede ser que en un año no tenga nada escrito, ni un esquema claro? Solo 2 cuadernos enteros llenos de rayajos, 20 post-its tirados por mi mesa y una lio terrible en mi cabezota. Siendo fiel a esa trayectoria, en vez de ponerme a escribir, como debería hacer todos los días, me pongo a contarle mis penas a gente que le importa un huevo todo.

De lo que se trataba este post, bajo esta pesada losa de auto-justificación, era de hacer una reflexión sobre el  fenómeno del “miedo a la hoja en blanco”. Esa terrible patología que ataca tanto a los niños de instituto como a universitarios, investigadores, artistas y un largo etcétera de personajes. Pero, ¿se trata de una patología? Cada día estoy más convencida de que todos los que creemos en este fenómeno solo lo hacemos como una forma de sentirnos mejor por nuestra incapacidad de ser valientes… Claro que acojona empezar a escribir. Cualquier acto de creación da miedo, supone poner cierto orden a un caos y, sobre todo, implica que, una vez materializado en palabras, nuestro trabajo es criticable.

Obviamente estoy simplificando el asunto pero supongo que al encontrarme ese “nada” de producción en palabras tras un año de beca veo necesario enfrentar el problema con un poco de amargura y llamarme cobarde. Entronizar este fenómeno como patología, como muchas veces hacemos, nos da cuerda para auto-justificar nuestra incapacidad de ponernos manos a la obra. Y una vez dicho esto creo que debo ponerme a escribir.

Pepa H. desde el CSIC

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Sonido y cultura.

En 1951 John Cage visitó la cámara anecoica de la Universidad de Harvard. Quería escuchar el silencio. Al entrar, no pudo de dejar de asombrarse de escuchar dos ruidos constantes: uno con una frecuencia alta y otro con otra más baja. El ingeniero de la instalación le dijo que uno correspondía al sonido de su sistema nervioso, y el otro al de su sistema circulatorio. En efecto, el silencio es imposible. Más tarde, en 1952, compondría (si cabe esa palabra) su más famosa pieza en tres actos, 4:22. Una de las más controvertidas y comentadas del siglo XX. En la partitura no se indica ni una nota, tan sólo un silencio continuado de 4:22 segundos. La motivación es: al “escuchar” ese silencio musical, el espectador se da cuenta de que está escuchando otras muchas cosas a la vez…el ruido de los demás espectadores, del que tose, su propia respiración, etc. Aunque no lo queramos, estamos rodeados constantemente de sonido.

Ninguna disciplina académica tradicional hasta hoy, creo, ha sido capaz aún de dar cuenta de las posibilidades conceptuales y de análisis de este fenómeno (el sonido) aún, con mediana profundidad, en su vertiente sociocultural o incluso, política. Como los estudios de genero, por ejemplo, el sonido es algo tan obvio, nos es tan familiar, que no nos paramos a reflexionar sobre ello.

La Etnomusicología, subdisciplina de la Antropología cultural norteamericana, en la segunda mitad del siglo XX ha hecho importantes aportaciones mediante el registro sonoro de las músicas populares y el folklore americano. Pero ha descuidado mucho su propuesta teórica, al ser un campo que se basa solamente en el registro empírico en el campo. No ha propuesto, hasta donde yo sé, ninguna teoría general sobre lo que es sonido y lo que es música, por ejemplo, o sobre la necesidad o no de la musicalidad. O porqué lo que en nuestra cultura occidental es algo musical en otra no occidental es tan solo sonido, o ruido, y viceversa, por ejemplo.

La Musicología, (desde el desconocimiento casi absoluto, debo decir), me parece que no responde a una perspectiva global tampoco del sonido (musical o no), sino más bien, en el estudio del fenómeno artístico de la música, en sus diferentes dimensiones teóricas y prácticas.

Sí he constatado la existencia de ciertas líneas de investigación, muy recientes, dentro de los cultural studies ingleses, sobre el sonido, que considero pueden ser muy interesantes para dar una perspectiva algo más profunda sobre este, por otro lado, difuso y familiar objeto de estudio. Son los ethnographic studies of sound son una disciplina muy sugerente. Su principio básico es el enfoque conjunto desde perspectivas de análisis complementarias (etnografía, filosofía, sociología, ingeniería, artes) con un mismo fin: interpretar, de manera transdisciplinar, el fenómeno sociocultural del sonido, en sus diferentes dimensiones: teóricas, físicas, sociales, artísticas y políticas.

Dejo caer algunas cuestiones (o posibles líneas de investigación) que me parecen interesantes y creo están por estudiar. ¿Es importante el género/sexo/sexualidad en el estudio del sonido? ¿Hay diferencias de experiencia o es, más bien, algo neutro? ¿Bajo qué condiciones establecemos la dicotomía entre ruido/sonido/música? ¿Porqué alguien considera a algo como “musical” y otro como “un ruido insufrible? ¿Cuáles son los usos artísticos del sonido, y porqué son relevantes? ¿Cómo se ha usado (y se usa) el sonido y el ruido como instrumento político en nuestra sociedad? (Especialmente interesante me parece esta última).

Jacobo.

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La experiencia del olvido

Propone Fernando Broncano que se puede defender la relevancia (autoridad) de la 1ª persona narrativa, del yo escribiente, a pesar de haber sido en el último siglo puesta en cuestión constantemente, no sólo en la literatura, sino en las Humanidades y Ciencias Sociales. Como bien dijo alguien en otro post de este blog, (que un servidor dijo, que Roland Barthes había dicho): el sujeto se diluye en el texto. No existe, su marca simplemente desaparece tras la crítica estructuralista.

 La propuesta es: ¿que se puede decir de esa autoridad de la primera persona que no se haya dicho? ¿Cómo y porqué se puede rescatar?

 Quizá, que nos identifica con un estado de cosas del mundo personal e intransferible, una perspectiva irreducible que hace de puente entre nuestra subjetividad y el mundo: sólo la primera persona es capaz de producir experiencias. Estas no son ni estados mentales ni objetos del mundo, más bien la cualidad de relación entre ambos lugares.

 Las experiencias son pocas, según FB, en el transcurso de la vida. Nos marcan y transforman de manera profunda, crean nuestra identidad, al contrario que las sensaciones, que tenemos en todo momento, y de las que podemos o no ser conscientes. El momento de la experiencia nos serviría, por ejemplo, para restablecer la cadena entre lo vivido y nuestra subjetividad en el momento que sufrimos una tragedia o una pérdida personal.

 Aquí es cuando me empiezan a surgir dudas. Que fabricamos las experiencias de forma muy selectiva parece obvio: cuando nos autonarramos muestra vida sólo identificamos con claridad ciertos momentos como relevantes. No “qué pensé antesdeayer cuando miraba por la ventana en el tren” (aunque Proust quizá no estuviera de acuerdo) El problema es que me parece que más bien, no sólo en la tragedia personal, pero especialmente en ella, tenemos (o tengo más bien), al repasar mi vida, la experiencia del proceso de olvido. Olvido del momento trágico, aunque nunca o casi nunca se llega a producirse completamente. ¿El intentar olvidar una experiencia es una experiencia a la inversa? ¿O es tan sólo otro tipo de experiencia particular?

 En mi caso, por lo menos, pesa más el recuerdo de intentar olvidar algo que los recuerdos de las pocas experiencias positivas (en el sentido de “reales”) con las que puedo relacionar, en conjunto, mi vida. Más bien, como propuso FB al final de clase, somos esencialmente opacos a nosotros mismos. ¿Quizá porque olvidamos, consciente o inconscientemente, demasiado?

Jacobo.

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Sobre la visión nocturna

Qué difícil es poner sobre palabras lo que uno quiere decir; más aún, qué difícil es transformar lo que uno ve y siente en unidades de significado inteligibles- para los demás, sí,  pero también para uno mismo. (este texto, sin ir más lejos, es una cadena de palabras espontáneas que intentan dar forma a una mera sensación, quizá, de malestar). Probemos.

Hace un par de semanas fui a ver la nueva película de Terrence Malicke. Críticas personales aparte, oí decir que la película que no tenía una trama, una historia; resumiendo, que al carecer de narración, era una película aburrida, insípida y sin sentido. Para gustos los colores, como aquel que diu, pero permítaseme creer que tras esa visión se esconde un verdadero síntoma de una cierta maladie padecida por la sociedad actual.

Nos hemos acostumbrado / Nuestro ojo se ha acostumbrado a la consumibilidad (permítaseme el palabro) de lo que nos rodea- y con consumir, quiero decir sacar (de algo) un provecho práctico, efímero y por ende, placentero. El problema de todo esto llega en el momento es que esa consumibilidad da lugar a la automatización: la automatización de nuestro día a día, de nuestra vida al fin y al cabo.

La televisión es una perfecta metáfora de este proceso: si yo encendiera la tele en este preciso momento me encontraría con algún telediario, alguna que otra serie y más de un programa de  corazón, cotilleo, televenta, y demás sucedáneos (podría hasta ponerme a aprender inglés; ¡gracias TDT por la apertura a nuevos y sobre todo efectivos canales de conocimiento y sabiduría!).  Aunque no soy muy de sobremesa televisiva, lo cierto es que tarde o temprano acabaré encendiendo  dicho aparato, igual que lo harán el 99’6% de los hogares españoles, porcentaje que refleja la cantidad de viviendas en España equipadas con televisión. Ya sea porque ponen algo que interesa de manera concreta y puntual,  o por una simple apetencia de distracción y entretenimiento, lo cierto es que al hacer click en el botón de encendido de nuestros mandos a distancia, estamos participando de ese proceso de consumibilidad: pequeñas dosis, formalizadas, cerradas, concluidas de información (telediario), de actualidad, o de realidad ajena (y exhibicionista, dicho sea de paso), listas para ser vistas, consumidas y disfrutadas. Pero ojo, con ello no quiero decir que todo lo que veamos y todo de lo que tengamos que disfrutar sea algo obtuso, trascendente o “intelectual”; lo que quiero decir es que el ojo (y nuestra mente) se acostumbra a esas pequeñas dosis de placer consumible y que hay una muy delgada línea entre el placer de la evasión que de ellas se extrae y el conocimiento puramente desechable que producen. Lo que se busca, y efectivamente, a lo que quieren que nos acostumbremos, es a una serie de productos consumibles y desechables para que ese placer inmediato  que nos proporcionan mine y sustituya un proceso de inteligibilidad, análisis y crítica real de ese mundo que se nos muestra y verdaderamente nos rodea.

Lo que propongo, pues, es ir en contra de ese terrible, casi apocalíptico, mensaje publicitario que nos dice “aprendamos a desaprender”; no, por dios. Aprendamos a aprender, aprendamos a ver, aprendamos a pensar, aprendamos a discernir; porque por mucho que diga el crucigrama que hice esta mañana, leer  no tiene porque ser  (y probablemente eso es lo que se busca) sinónimo de interpretar, hay que ocuparse de que nuestra visión se acostumbre tanto a iluminar como a arrojar luz a esta realidad de oscuridad impuesta.

M. de Maya (que no de Modesto)

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la sobre-conceptualización y la pérdida de significado.

He de reconocer que nunca me han interesado las modas, pero últimamente me fascina un fenómeno que, aunque tiene tiempo, solo me ha llamado la atención cuando he tenido- y tengo- que pasar innumerables horas en la biblioteca: la facilidad que tenemos en utilizar categorías conceptuales difusas que parecen decir mucho pero que realmente esconden una vacuidad espeluznante.

Además como si quisiéramos rendir tributo a aquellos profesores de primaria que tanto esfuerzo pusieron en enseñarnos los prefijos y sufijos (gracias, Jose y Maria Jesús) nos obcecamos en añadir “prótesis” a nuestras palabras en un esfuerzo por llenarlas de significado. Tenía una clase de master sobre “contactos interculturales” y era abrumador lo que daba de sí la palabra cultura. interculturalidad, transculturalidad, inculturación, aculturación… el festival de los prefijos, señores!

Quizás con este demuestre mi “INcultura” pero no hago más que toparme con palabrejas “trans” “neo” “inter” que sí, quedan muy bonitas en el texto, pero que contextualizadas demuestras en muchas ocasiones una vaguedad significativa apabullante.

Echo de menos los textos clarificadores y explicativos que en vez de conceptualizar constantemente los fenómenos complejos los explicaba y definía.

Os “trans”mito este mensaje para que “inter”actuéis. Obviamente mi opinión es muy criticable. Todos necesitamos conceptos pero no abusemos, señores.

Pepa H.informando desde la biblioteca de la Carlos III

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Somos Humanistas, estamos en peligro de extinción…

Qué son las Humanidades? En este mundo cambiante, cada vez más indescifrable y obtuso, una visión transdisciplinar de nuestra cultura es, a nuestro parecer, necesario. El propósito de este blog es establecer un punto de encuentro y reflexión para los interesados, humanistas o no. Tu colaboración será más que bien venida. El autor se diluye en el texto, como dice Jacobo, que dice Barthes. Lo que Barthes no decía es que Sophie tiene hambre.

Modesto nos invitó el ocho de octubre y resulta que lo que no sabíamos es que fuma porros y le va a publicar algo de Argelia, está muy contenta. Silencio. Maria mira una botella, Maya nos mira, Jacobo no está, Alex esta aqui al lado, Modesto se lia el decimooctavo porro, Jacobo ha vuelto, Silencio, Pepa pone musica en su cacharro de los años 20, suena Silvio Rodriguez, a Alex no le incomoda,  Pepa tiene 3 candados para asustarse a si misma,

De esto no trataba el asunto, no. Pero aquí, ahora, en este momento, se ha decidido que esto es un espacio de cuatro, cinco, seis dimensiones- lo que importa es que uno tenga todas las voces que crea necesarias para decir lo que quiere (o crea que tenga que) decir

En el fondo, lo que subyace a esta primera entrada es que Recicles o Rebotes!

 

 

 

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